Tras su manto de neblina. Por Felipe Pigna


Desde que los ingleses se habían retirado en 1774 de la isla occidental, España ocupó pacíficamente las Malvinas hasta comienzos de 1811, cuando la Junta de Montevideo dispuso el abandono de Puerto Soledad. Durante nueve años nadie ejerció autoridad en esas islas hasta que el 27 de octubre de 1820 llegó a Puerto Soledad David Jewett, comandante del corsario argentino Heroína, y tomó posesión de esas tierras en nombre del gobierno de Buenos Aires, de acuerdo con las órdenes impartidas por el
gobernador Manuel de Sarratea. Fue entonces cuando se estableció una pequeña colonia argentina dedicada a la explotación del abundante ganado lanar de las islas. A mediados de 1829, el breve gobierno de Lavalle alcanzó a crear la comandancia política y militar de Soledad y designó a su frente al comerciante franco-alemán Luis Vernet.

Por la zona pasaban constantemente barcos balleneros que hacían estragos con los valiosos ejemplares de cetáceos. En octubre de 1829, el gobierno de Viamonte prohibió la pesca y captura de ballenas sin ningún resultado positivo, porque Vernet no tenía barcos ni elementos para hacer cumplir la reglamentación. En 1831, Rosas dejó sin efecto la prohibición y la reemplazó por un impuesto a los buques pesqueros. Pero los capitanes de los balleneros, viejos lobos de mar, pasaban de largo por Puerto Soledad y no pagaban un centavo. Ante esta situación que se fue agravando y ante el incremento de la pesca y la caza indiscriminada, Vernet resolvió apresar a tres balleneros de bandera
norteamericana que sin permiso estaban cargando pieles de foca.

La alianza anglo-yanqui
Los yanquis no se iban a quedar tranquilos y el 28 de diciembre de 1831, día de los inocentes, el capitán Silas Duncan, de la fragata estadounidense Lexington, desembarcó en Puerto Soledad, atacó sus instalaciones, destrozó la artillería, quemó la pólvora y tomó prisioneros a seis oficiales argentinos.

José Hernández, que se ocupó en una serie de artículos de la historia de Malvinas, escribía en su diario: A consecuencia de ese apresamiento, el comandante de un buque de guerra norteamericano destruyó la floreciente colonia de Soledad, y ese hecho injustificable fue precisamente el que indujo a
Inglaterra a apoderarse de las Malvinas, consumado ese atentado contra la integridad territorial de la
Nación Argentina, cuya soberanía sobre aquellas islas había sido siempre respetada. [326]

El gobierno de Buenos Aires reaccionó enérgicamente y Rosas le pidió al ministro Maza que presentara una protesta formal ante Washington. El cónsul yanqui Slacum y el encargado de negocios Bayles fueron declarados personas no gratas y expulsados del país. Pero antes de partir, los agentes le «avisaron» al ministro inglés que los Estados Unidos sólo pretendían permisos de pesca y que las islas estaban desguarnecidas y muy fáciles de tomar, invitando a los hijos de Su Graciosa Majestad
a invadir las islas.

Ante tan grato convite, los británicos se dieron a la tarea de usurpar las islas. El 2 de enero de 1833 se presentó en Malvinas la corbeta inglesa Clio cuyo comandante, el capitán John James Onslow, comunicó en perfecto estilo inglés al gobernador provisorio, Pinedo, que tenía órdenes de izar el pabellón de Su Graciosa Majestad el Rey Guillermo IV y expulsar a las tropas argentinas. Pinedo, viendo que no podía hacer nada, regresó con su gente a Buenos Aires.

El 15 de enero, el ministro de Relaciones Exteriores de Buenos Aires, Maza, reclamó por el atropello ante el ministro inglés, Philip Gore. No hubo de parte de Londres siquiera una flemática respuesta.
La rebelión del gaucho Rivero Cuando Mateo Brisbane, un escocés, antiguo colaborador de Vernet, llegó a Malvinas el 3 de marzo, pudo enterarse de las novedades. No lo dudó un instante y decidió
ponerse al servicio de los ingleses. Brisbane obtuvo la confianza de los invasores y
confirmó a Juan Simón, un francés que trabajaba como capataz desde la época de
Vernet, y al despensero de las islas, el irlandés William Dickson. Tanto el francés
como el irlandés explotaban y maltrataban a los peones, les pagaban con vales, que
en el colmo del caradurismo, no eran aceptados en la despensa de Dickson, de más
está decirlo, única de las islas. Simón, un dechado de bondad, les prohibía faenar
ganado. De manera tal que la situación se fue tornando desesperante para los peones.
El 26 de agosto de 1833 estalló la rebelión. Al frente se puso el gaucho entrerriano 
Antonio Rivero. Lo siguieron dos criollos y cinco indios. En pocas horas terminaron
con las vidas de Brisbane, Dickson, Simón y todos los extranjeros, y enarbolaron
nuevamente la bandera argentina. Así se mantuvieron por cinco meses, mientras
esperaban que Buenos Aires enviara una expedición para ayudarlos que, como
supone muy bien el lector, nunca llegó.
Los que sí llegaron fueron los ingleses. Fue el 7 de enero de 1834. A bordo de la
demasiado explícita fragata Challenger, arribó el teniente Henry Smith para asumir
como gobernador británico en las islas. Rivero y sus hombres resistieron
heroicamente durante dos meses, hasta que fueron capturados el 18 de marzo y
enviados a Londres para ser juzgados. El tribunal de Su Majestad no encontró méritos
para juzgar a los resistentes y los devolvió a Buenos Aires.
Pero las islas siguen hasta la fecha en manos de los usurpadores.
Interregno
Mientras tanto, en Buenos Aires había sido elegido gobernador el general Juan
Ramón Balcarce, candidato de Rosas.
El Restaurador decidió emprender una campaña al «desierto», financiada por la
provincia y los estancieros preocupados por los malones. El éxito obtenido por el
Restaurador aumentó aún más su prestigio político entre los propietarios bonaerenses,
que incrementaron su patrimonio al incorporar nuevas tierras y se sintieron más
seguros con la amenaza indígena bajo control.
Rosas se alejó de la capital de la provincia pero no de los manejos políticos. Su
mujer, Encarnación Ezcurra, era su fiel representante y con el apoyo de la «Mazorca»
conspiró contra los gobiernos de Balcarce, Viamonte y Maza que se sucedieron
durante la ausencia del Restaurador.
Mi amigo y mi compañero: Sin ninguna tuya a que contestar tengo el gusto de escribirte y
comunicarte algo que creo útil.
Estamos en campaña para las elecciones, no me parece que las hemos de perder, pues en caso que por
debilidad de los nuestros en alguna parroquia se empiece a perder, se armaría bochinche y se los
llevaría el diablo a los cismáticos.
Nada tendríamos que temer si no fuera la acción del gobierno legal, pero sus iniquidades lo han de
hacer caer y para siempre.
Las masas están cada día más bien dispuestas, y lo estarían mejor si tu círculo no fuera tan cagado,
pues hay quien tiene más miedo que vergüenza, pero yo les hago frente a todos y lo mismo me peleo
con los cismáticos que con los apostólicos débiles, pues los que me gustan son los de «hacha y
chuza». Memorias de todos y un adiós de tu mejor amiga. Encarnación Ezcurra.
[327]
Rosas le respondía en estos términos:
Guarda silencio sobre todo esto y a nadie digas que te he escrito. […] Si te preguntan diles que es
carta vieja la que has recibido. […] Soy de parecer que donde se presente la oportunidad aparente, cuando no se crea que sacas adrede la conversación, al hablar con los señores Anchorena, Guido,
García, Maza, Terrero y otros amigos míos, les digas que temes mucho que me vaya sin que basten a
detenerme mis amigos así como no me atajaron cuando no quise seguir de gobernador. Que por todo
lo que notas crees que mis intenciones son de retirarme, y que vos me conoces bien. Si te preguntan
las causas diles que las ignoras; pero que me consideras aburrido y deseoso de descansar, aun cuando
sea fuera de patria y escasos recursos.
[328]
Doña Encamación le aconsejaba a su marido la importancia de ganar el apoyo de
las masas para su proyecto político:
Ya has visto lo que vale la amistad de los pobres y por ello cuánto importa sostenerla y no perder
medios para atraer y cautivar voluntades. No cortes pues sus correspondencias. Escríbeles con
frecuencia: mándales cualquier regalo, sin que te duela gastar en esto. Digo lo mismo respecto de las
madres y mujeres de los pardos y morenos que son fieles. No repares, repito, en visitar a las que lo
merezcan y llevarlas a tus distracciones rurales, como también en socorrerlas con lo que puedas en
sus desgracias.
[329]
La agitación política conducida por Encarnación contribuyó de manera decisiva a
crear un clima de gran inestabilidad favorable a los intereses de Rosas.
Ajena a los avatares políticos, la «gente común» trataba de vivir y pasaba sus días
más o menos así:
Por la mañana se desayunaba apaciblemente, se almorzaba después, enseguida venía esa pesadilla de
los muchachos llamada siesta, y muy buena sin embargo para los viejos, y sobre todo para ayudar a la
digestión. Entre los desperezos llegaba el mate, a la hora de la oración se rezaba la oración, a la hora
del rosario el rosario, al toque de ánimas las ánimas, a la hora de cenar se cenaba el buen hervido, la
sabrosa carbonada, el infalible asado de vaca hecho a la parrilla con ensalada de lechuga, se bebía una
taza de leche hervida a la mañana, medio vaso de carlón puro, y después de darse las buenas noches y
pedir la bendición, a la cama sin pérdida de tiempo, que se hacía tarde y había que madrugar para
barrer los patios que eran como plazas, mandar la morena vieja al mercado, vestir a los muchachos y
recoger los huevos del gallinero. […] Las carretas arrastradas por cuatro y seis bueyes transportaban
hasta el último rincón de la República valiosas mercancías […]. Un chasqui iba a donde se le
ordenaba, traía cuantas noticias se le exigía y no dejaba qué envidiar al telégrafo de hoy, que maldito
que lo hace. Los buques de vela daban su vuelta a Europa al cabo de un año (muy cierto), pero
también era un gusto de ver un monstruo de esos preñados como una chancha que al llegar a la orilla
vomitaban, sin cesar, hombres, mujeres y niños, rollizos, lozanos y alegres, con cara de pascua los
unos y con cara de tontos los demás. A bordo se casaban y daban en matrimonio, crecían y se
multiplicaban.
[330]

Fuente: Los Mitos de la Argentina 2

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una atleta argentina ganó la maratón de Malvinas y dedicó su triunfo a los caídos en la guerra

Un buque británico cruzó aguas argentinas con la bandera colonial de Malvinas

En 1831, una agresión Norteamericana abrió la puerta para que dos años después invadieran los Británicos